La exclusiva que detentan las autoridades de la Iglesia católica a la hora
de poblar el cielo de santos es una facultad que le atribuyen sin discusión los
que comulgan con tales prerrogativas religiosas. Pueden, cuando lo estiman
oportuno, conceder títulos de santidad a aquellos miembros seleccionados de la
parroquia en función de sus milagros, tanto si cumplen los requisitos que
estipulan sus reglamentos como si no, ya que objetivar un milagro es algo
tremendamente difícil. Tanto que es más fácil nombrar santo a un papa de Roma
por dirigir la Iglesia
que a Vicente Ferrer por socorrer de la pobreza, mediante hospitales, escuelas
y formación agrícola, a millones de personas del Tercer Mundo. Uno sube a los
altares y al otro lo expulsan de la
Compañía de Jesús por casarse con su compañera durante
décadas de cooperación en la
India. Y es que, en cuestiones divinas, no hay forma humana
de acomodarse a lo objetivo y racional. En última instancia, todo se remite a
obra del Espíritu Santo y la voluntad de Dios. ¡A ver quién es el guapito que
discute tales intervenciones sobrenaturales!
Por ello, líbreme Dios de cuestionar la canonización como santos de dos papas de
Las creencias religiosas pertenecen al ámbito privado de las
personas, quienes a título individual pueden abrazar el culto que deseen y
participar en cuántos ritos les parezcan convenientes y consecuentes con la fe
que profesan. Están en su derecho y nadie puede ni limitárselo ni impedírselo. Los
medios de comunicación pueden, asimismo, escoger aquellos hechos que consideran
relevantes como noticia de la agenda de actualidad y darles la difusión que
estimen acorde a su línea editorial y a las posibilidades de rentabilidad comercial.
Ya estamos acostumbrados que acapare mayor interés mediático un asunto de
cotilleo banal que un hallazgo científico, el fútbol que la cultura o las
opiniones de la Conferencia Episcopal
que la voluntad de la mayoría de las mujeres españolas en relación al aborto,
por ejemplo. Que ahora se dé tratamiento destacado a la declaración de santidad
de dos papas del siglo pasado de una Iglesia que ya acapara 80 papas santos,
aunque el acto estuviera presidido conjuntamente por los dos últimos papas
vivos, no deja de ser algo curioso, pero exagerado; histórico por ser la
primera vez que cuatro papas protagonizan una ceremonia –dos vivos y dos
muertos-, pero sintomático de la credulidad de la gente en supersticiones
sobrenaturales. A mi juicio, nada trascendental como para abrir y consumir el
tiempo de telediarios, ocupar espacios radiofónicos, acaparar la atención en
las redes sociales y llenar las páginas de los periódicos. Y, desde luego,
menos importante que la amenaza rusa en las fronteras orientales de Europa, la
enésima ruptura de las negociaciones entre Israel y palestinos, el rearme
japonés, la precarización económica y laboral de España, la corrupción
estructural en la política y el empobrecimiento al que se condena a la mayoría
social de nuestro país en beneficio de minorías elitistas. Todo ello fue
desplazado del interés ciudadano –y de los perjudicados- por dos nuevos santos.
Sin embargo, lo realmente rechazable es que a un acto
religioso acuda el Jefe de Estado y todo un séquito de personalidades
gubernamentales (ministros de Justicia y Relaciones Exteriores, entre otros) en
representación de un país que constitucionalmente de declara aconfesional. Que
vayan representantes de las diócesis españolas y de la Conferencia Episcopal ,
sufragados con aportaciones voluntarias de los fieles, sería lo esperado, pero
que asistan delegaciones oficiales, jefes de Gobiernos y Jefes de Estados o
soberanos de distintos países, es una interesada y maniquea sumisión del poder
civil al religioso, una renuncia a la separación de poderes que hace prevalecer
el civil en una democracia, por intereses ideológicos, políticos y económicos.
No se puede consentir que, en nombre de un Estado
aconfesional, los Reyes de España se presten en una ceremonia de la confusión a
mezclar su devoción personal como católicos, si ese fuera su deseo, con la representación
institucional de la Jefatura
del Estado en una ceremonia religiosa, por muy multitudinaria que sea. Ni los
funerales de Estado deben ser oficiados por ningún rito religioso, ni los actos
religiosos a los que acuda en Rey deben estar refrendados con la condición que
ostenta como máximo representante de España y, por tanto, de todos los españoles,
católicos o no.
Me parece muy bien que la Iglesia monte un santo espectáculo, pero que
nuestros representantes actúen de comparsas en nombre de la soberanía nacional
no es de recibo, ni por respeto a una religión ni, desde luego, por lealtad
constitucional a los ciudadanos.



No hay comentarios:
Publicar un comentario